dijiste eso aquella noche? —pregunté.
Mi hija se limpió las lágrimas.
—Porque ya no podía más.
Me miró.
—Quería que él te dijera algo. O que estuviera conmigo cuando lo hiciera.
Su voz tembló.
—Pero también tenía miedo de que te enojaras porque te había mentido.
Sentí una punzada en el pecho.
—Camila, jamás dejaría de quererte por algo así.
Ella comenzó a llorar nuevamente.
—Ya lo sé, mamá.
Se detuvo.
—Ahora lo sé.
Aquella frase me hizo comprender cuánto había sufrido.
No sólo por el diagnóstico.
También por el