veinte minutos después.
Cuando entró, parecía preocupado.
Miró a Mauricio.
Después a Camila.
Finalmente me miró a mí.
—¿Ya lo saben?
Asentí.
—Sí.
Julián respiró profundamente.
—Verónica, yo quería decirles…
Le pedí que se sentara.
Durante unos segundos no supe cómo comenzar.
Había imaginado cosas terribles sobre él.
Había permitido que mi miedo convirtiera a un amigo de treinta años en alguien de quien desconfiaba profundamente.
Y ahora lo tenía frente a mí.
Un hombre que había acompañado a mi hija a consultas médicas.
Que había esperado durante horas en