hospitales.
Y que había intentado convencerla de que hablara con nosotros.
Pero también sabía que guardar un secreto médico tan importante durante semanas había sido un error.
Finalmente hablé.
—Julián, necesito decirte algo.
Él asintió.
—Te escucho.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Anoche pensé cosas muy feas.
Su expresión cambió.
—¿Sobre mí?
Bajé la mirada.
—Sí.
El silencio se volvió pesado.
Mauricio me observó sorprendido.
Yo continué:
—Vi a Camila llorando. Escuché cómo te suplicaba que hablaras conmigo. Y cuando te diste cuenta de que estaba