la mano.
—No, hija. Quizá no sería lo mismo.
Respiraba profundamente.
—Y tienes derecho a estar triste por eso.
Durante mucho tiempo habíamos intentado animarla con frases como «todo va a salir bien» o «seguro volverás a bailar».
Pero comprendimos que no podíamos prometerle algo que los médicos todavía no sabían.
Lo que sí podíamos prometerle era que no estaría sola.
Que la escucharíamos.
Que la acompañaríamos a sus consultas.
Y que su valor como persona nunca dependería de lo que pudiera hacer sobre un escenario.
Poco a poco Camila