Y, cuando se sintiera preparada, compartir sus conocimientos con las alumnas más pequeñas.
Camila escuchó la propuesta en silencio.
Después me miró.
—¿Crees que podría hacerlo?
Sonreí.
—Creo que sería maravilloso.
—Pero no estaría bailando.
—No como antes.
Le acaricié el cabello.
—Pero seguirías cerca de algo que amas.
Camila pensó durante varios días.
Finalmente aceptó.
La primera vez que regresó a la academia como ayudante estaba nerviosa.
Llevaba una libreta.
Una botella de agua.
Y una bolsa pequeña con materiales para las niñas.
Yo la acompañé.
Cuando entramos al