importante.
Pero también habíamos aprendido.
Y eso era lo que necesitábamos llevar al futuro.
Mauricio y yo hicimos una promesa aquella misma semana.
Nunca volveríamos a descartar las preocupaciones de nuestra hija como simples cambios de humor.
Y tampoco permitiríamos que nuestros temores sustituyeran las preguntas que debíamos hacer.
Si algo nos preocupaba, hablaríamos.
Escucharíamos.
Buscaríamos información.
Y pediríamos ayuda cuando fuera necesario.
Porque comprendimos que durante casi un mes habíamos vivido bajo el mismo techo que una muchacha aterrorizada.
Una niña que pensaba que podía decepcionarnos por estar enferma.