y la ayudaba a bañarse. Después hacía la limpieza y organizaba las citas médicas.
Yo iba después del trabajo para encargarme de las compras y acompañar a mi abuela mientras mamá descansaba.
Pero doña Amalia no se volvió amable de repente.
—Esta sopa está desabrida, Elena.
—La sal está junto a su plato.
—La almohada me está lastimando.
—Voy a cambiarla.
—Me apretaste demasiado la venda.
—La enfermera me enseñó cómo colocarla.
—Seguro lo haces a propósito.
Mi madre nunca levantaba la voz.
Sin embargo, yo empezaba a notar sus