ojeras, sus movimientos cansados y el esfuerzo que hacía para no perder la paciencia.
Una tarde llegué antes de lo acostumbrado.
Encontré a mamá encerrada en el baño, con la llave del lavabo abierta.
Estaba llorando.
—Mamá…
Ella se secó rápidamente las mejillas.
—No pasa nada, hija. Estoy cansada.
—Esto tiene que terminar. Voy a buscar una residencia de recuperación. Puedo pedir un préstamo para pagarla.
—No quiero que te endeudes.
—¡Pero tampoco quiero verte sufriendo por alguien que te hizo tanto daño!
Mamá cerró la llave.
—Marina, nadie me