abuela era una mujer desconfiada que había cometido una injusticia por equivocación.
Pero aquello no había sido una confusión.
Había sido una mentira deliberada.
—¿Y nunca sentiste la necesidad de decir la verdad?
—Muchas veces. Pero cada año que pasaba me daba más vergüenza admitirlo.
—¿Y ahora sí puedes?
Mi abuela acarició el estuche.
—Porque aquella mujer a la que intenté destruir fue la única que vino por mí cuando mis propios hijos me dejaron sola.
Me entregó los aretes.
—Dáselos. Dile que lo siento.
Aparté la mano.
—No, abuela.