muchacho. Y cada vez que veía a Elena me acordaba de que ella seguía viva y él no.
—¡Eso no tiene ningún sentido!
—Lo sé.
—¡Mi mamá también perdió a su esposo! ¡Yo perdí a mi papá!
Mi voz retumbó por toda la habitación.
—¡La humillaste delante de todos! ¡Hiciste que la familia creyera que era una ladrona durante más de veinte años!
—Quería que sufriera —confesó mi abuela—. Quería que alguien sintiera el mismo dolor que yo.
Me quedé mirándola, horrorizada.
Había pasado toda mi vida creyendo que mi