tristeza.
—Ahí está. Por fin dijiste lo que realmente te preocupa.
—¡No quise decir eso!
—Sí lo quisiste decir. Cuando estaba en el hospital, ninguno quiso llevarme a casa. Pero ahora todos quieren decidir qué debo hacer con mi dinero.
Leticia se levantó indignada.
—¡Nos estás castigando porque no pudimos cuidarte!
—No, hija. Estoy usando mis recursos para no depender de quienes ya me demostraron que no están dispuestos a hacerlo.
Mi madre intervino.
—Doña Amalia, no tiene que vender nada por nosotros.
—No lo hago por ustedes. Lo hago