primo casi derramó su café.
—¿Venderlo? ¡Pero si es el patrimonio de la familia!
—Es mi patrimonio, Óscar.
—¡Nosotros también tenemos derechos! —protestó Leticia.
Mi abuela golpeó suavemente la mesa.
—Escúchenme bien. Voy a comprar un departamento pequeño cerca de aquí. Con el dinero que sobre pagaré mis medicamentos, mis terapias y la ayuda que necesite.
Raúl intervino:
—Mamá, no puedes tomar esa decisión estando enferma.
—Me operaron la cadera, Raúl. No la cabeza.
Óscar se puso rojo.
—¿Y qué va a pasar con nuestra herencia?
Mi abuela sonrió con