Guadalajara, aunque escuché claramente el ruido de una cafetería donde acostumbraba desayunar.
Óscar fue todavía más cruel.
—Mi abuela siempre ha sido mandona. Fui una vez y me trató como sirviente. Ya hice suficiente.
—¡Te cuidó desde niño! ¡Te pagó la universidad y te dio ciento ochenta mil pesos para el enganche de tu casa!
—Pues qué bueno que me ayudó. Para eso es la familia. Pero no pienso desperdiciar mi vida cuidando viejitos.
Aquellas palabras me revolvieron el estómago.
Lo más doloroso era que mi abuela siempre había preferido