consultado a un abogado.
Una sola vez.
El abogado imprimió los papeles.
Mateo se los llevó.
Nunca los firmó.
Nunca regresó.
“Cuando estaba sentado frente al abogado entendí algo”, dijo.
“¿Qué?”
“Que no quería divorciarme.”
Miré los documentos.
“Entonces ¿por qué guardarlos?”
“Porque tampoco quería fingir que nunca había pensado en irme.”
“¿Y la maleta?”
Mateo bajó la mirada.
“La preparé anoche.”
Sentí otra punzada en el pecho.
“¿Ibas a abandonarme?”
“No. Pensaba ir unos días a casa de mi hermano.”
“Sin decírmelo.”
“No pude hacerlo. Estuve despierto toda la