nunca recuperaría el 100 %.
Pero podía ver el horizonte.
Podía ver las olas.
Podía ver a Mateo parado junto a mí.
No delante para guiarme.
No detrás para vigilarme.
A mi lado.
“¿Es bonito?”, me preguntó.
Apreté su mano.
“Muchísimo.”
Durante dos años pensé que recuperar la vista solucionaría mi vida.
Me equivocaba.
Poder ver no salvó nuestro matrimonio.
Lo salvó aprender a mirarnos de verdad.
Mateo no veía cuánto me estaba lastimando su silencio.
Yo no veía cuánto miedo estaba cargando él.
Los dos estábamos juntos en la misma