había seguido instrucciones de papá. Cuando les mostraron las firmas y los audios, la unidad familiar que tanto habían defendido se convirtió en una colección de acusaciones cruzadas.
Hubo un momento que me dolió especialmente. Mi madre, con los ojos rojos, dijo:
—Todo empezó porque queríamos ayudar a nuestra hija.
Esperé que añadiera «Alejandra». No lo hizo.
—A Blanca —aclaró el fiscal.
Mamá bajó la cabeza.
En aquella frase estaba resumida nuestra historia. Para ellos, yo siempre había sido la hija capaz de arreglárselas. Mi hermana era la que necesitaba