Durante años, mis padres me dieron por muerta para quedarse con la herencia de mis abuelos. En el juzgado oí a mi madre declarar: “Ya no tenemos esperanza de encontrarla”. Entré sin decir una palabra y entregué mi identificación. Todos se quedaron helados, pero el juez aún no había visto la firma imposible que aparecía en el expediente.

vida transcurría en una sala sin ventanas, iluminada por pantallas y por el piloto rojo de una cafetera que nunca descansaba. Allí no había retratos ni diplomas. En la puerta solo figuraba un número. Trabajaba para una unidad de ciberdefensa vinculada a las Fuerzas Armadas, y una parte importante de mi empleo consistía precisamente en no contarle a nadie en qué consistía mi empleo.

Para mi familia, yo era «Alex, la de los archivos». Mi padre imaginaba que me pasaba los días clasificando documentos en un sótano. Nunca corregí demasiado