manos una vieja fotografía.
Nos miramos en silencio.
No hizo falta que se presentara.
Tenía los ojos de Harold.
—Margaret —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Soy Thomas.
Me puse lentamente de pie.
Él no avanzó.
—Harold me hizo prometer que no vendría hasta que usted hubiera leído sus cartas.
Sentí que las lágrimas me recorrían las mejillas.
—¿Desde cuándo conocías a mi marido?
Thomas bajó la mirada.
—Desde hace veintisiete años.
Aquellas palabras me golpearon con más fuerza que todo lo anterior.
Veintisiete años.
Harold había tenido otra parte