taza.
Doña Teresa retrocedió.
Él dijo algo que el micrófono no captó. Ella bajó la vista. Luego miró directo a la cámara.
Por primera vez desde que la conocía, mi suegra parecía asustada.
Adrián volvió a estirar la mano.
—Dámela —se escuchó por el altavoz.
Doña Teresa apretó la taza contra su pecho.
—¿Qué tenían esos sobres, Adrián?
Mi esposo dejó de sonreír.
Y yo entendí que aquella taza no era el final de la historia.
Era apenas la puerta.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrirse.