un segundo.
Primero rutina.
Luego sorpresa.
Después, algo mucho más cuidadoso.
—¿Señora Valeria…? —dijo, leyendo de nuevo mi apellido.
Rebeca sonrió con fastidio.
—Sí, sí, la esposa. No hace falta tanto teatro.
Pero la secretaria ya no la estaba mirando a ella.
Me estaba mirando a mí.
Y entonces se puso de pie.
No fue escandaloso.
No fue dramático.
No levantó la voz.
Pero ese pequeño movimiento bastó para romper de golpe toda la seguridad de la familia Salazar.
Llamó a otra funcionaria del juzgado. Ella abrió un expediente. Intercambiaron
MI SUEGRA DIJO DELANTE DE TODA LA FAMILIA QUE YO “ME HABÍA CASADO PARA SUBIR DE CLASE”… ASÍ QUE PEDÍ EL DIVORCIO AHÍ MISMO, EN LA MESA. PERO A LA MAÑANA SIGUIENTE, EN EL JUZGADO, TODOS DESCUBRIERON QUIÉN ERAKARA YO EN REALIDAD.