el perímetro ante un documento de identidad rechazado por el sistema —le interrumpí, con voz medida pero cargada de una autoridad indiscutible. Dirigí la mirada hacia el joven guardia, cuyas rodillas parecían a punto de ceder—. Sin embargo, cabo, la iniciativa exige verificar las anomalías. Tenía mis órdenes por escrito. Una sola llamada a la oficina de protocolo habría confirmado mi identidad. La rigidez sin discernimiento es peligrosa. Téngalo en cuenta.
—Sí, mi general —murmuró Brandt, con la mirada fija en el suelo—. Lo siento, mi general.
Entonces me volví