cuerpo tembloroso y llamé a los servicios de emergencia.
—Por favor, aguante —le suplicaba—. Ya no está sola.
Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos la envolvieron cuidadosamente con mantas térmicas y la trasladaron al vehículo.
Uno de ellos comprobó su pulso y el otro le levantó el párpado para examinarla con una pequeña linterna.
Entonces uno de los paramédicos me miró y después observó la carretera vacía.
—¿Así es como la encontró?
—Sí.
—¿Estaba sola?
—Completamente sola.
Su expresión cambió. Ya no era solo preocupación. También había sospecha.
En el