a su rostro pálido y sus manos delgadas colgaban sin fuerzas de los reposabrazos.
No había ninguna casa cerca.
Ningún coche aparcado.
Ninguna bolsa.
Ninguna manta.
Ningún teléfono.
Nadie.
Solo ella, completamente sola en la oscuridad, como si alguien la hubiera dejado allí y hubiera desaparecido.
Salí corriendo del coche y grité:
—¡Señora! ¿Puede oírme?
No respondió.
Su piel estaba helada, sus labios casi azules y su respiración era tan débil que tuve que acercarme mucho para comprobar que seguía con vida.
Me quité la chaqueta, cubrí con ella su