fuerzas del reposabrazos.
—Lo siento —dije—. Solo la vi a ella.
Uno de los policías asintió suavemente.
—Puede que le haya salvado la vida.
Pero yo no me sentía como una heroína.
Tenía náuseas.
Porque salvar a alguien no borra la crueldad de lo que le hicieron.
Cerca del amanecer, finalmente apareció un médico en el pasillo.
—Ha despertado —anunció.
Me levanté tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.
—¿Puede hablar?
—Un poco —respondió—. Está débil, pero consciente.
Lo seguí por el pasillo hasta la habitación.
La anciana