“¡Papá, ella tiene mi mismo corazón!”, gritó la hija del millonario al levantar mi brazo frente a 30 invitados. Yo era la empleada de limpieza y llevaba seis años visitando la tumba de mi bebé. Su abuela quiso despedirme inmediatamente. Me quedé callada, anoté la fecha del cumpleaños y pedí una prueba de ADN. Nadie imaginaba quién había preparado aquella mentira. Advertisements

cuando Rebeca apareció en la puerta.

—Diego, esa mujer está intentando aprovecharse de nuestra desgracia.

Después miró a Mariana con desprecio.

—Mañana no vuelvas. Ya hablé con la agencia.

Mariana recogió sus pertenencias y salió por la entrada del servicio.

Pero esta vez no regresó a casa para resignarse.

El lunes por la mañana comenzó a investigar.

Descubrió que la clínica había cerrado dieciocho meses antes y que la fundación Manos de Esperanza conservaba sus archivos.

También averiguó quién había atendido su parto.

Se llamaba Celia Ortega.

Era una enfermera