quitarme mi trabajo.
—¿Y la urna que me entregaron?
—Contenía las cenizas de la hija de Sofía.
Mariana se llevó ambas manos al rostro.
Durante seis años había llorado ante una tumba creyendo que allí descansaba su propia hija.
Y mientras tanto, su pequeña había crecido a unos kilómetros de distancia, llamando mamá a otra mujer.
—¿Está dispuesta a declarar?
—Sí. Pero Rebeca ya me llamó. Sabe que estás investigando.
Mariana salió temblando.
Llamó inmediatamente a Diego.
Él escuchó todo sin interrumpir.
Después de unos segundos dijo:
—Hoy mismo vamos