había contratado para el regreso.
No había urgencia.
No había tormentas.
El motor funcionó perfectamente.
A mitad del vuelo, Inés preguntó:
—Marta, ¿por qué ayudaste a alguien que ni siquiera conocías?
Ella tardó en responder.
—Porque mi padre habría ayudado.
—¿Aunque no le pagaran?
—Especialmente si no podían pagarle.
Alejandro escuchó desde el asiento de enfrente.
—Tu padre debía ser un hombre extraordinario.
Marta miró por la ventana.
—Era mecánico.
—Una cosa no excluye la otra.
Cuando aterrizaron en Málaga, la madre de Marta esperaba detrás de la zona autorizada.