Cuando oí que 8 técnicos daban por perdido el jet mientras la hija del dueño esperaba en Suiza, dejé la fregona y me acerqué al motor. El jefe me cortó: «Marta, vuelve a tu zona». No discutí; conecté el diagnóstico y abrí el panel. Entonces encontré un sensor que todos habían revisado… pero nadie había probado en vuelo.

Explicó que el sensor enviaba una lectura equivocada al módulo de control, haciendo creer al sistema que existía una presión que realmente no estaba allí. El ordenador intentaba compensarla reduciendo el suministro y provocaba el fallo.

No era una gran avería.

Era una pequeña mentira electrónica capaz de inmovilizar un avión de millones de euros.

Marta desmontó el conector, limpió los contactos, sustituyó un cable deteriorado y recalibró manualmente el módulo utilizando los parámetros técnicos del fabricante.

Sergio permaneció a su lado.

Esta vez no se reía.

—Arranque —pidió Marta.