Explicó que el sensor enviaba una lectura equivocada al módulo de control, haciendo creer al sistema que existía una presión que realmente no estaba allí. El ordenador intentaba compensarla reduciendo el suministro y provocaba el fallo.
No era una gran avería.
Era una pequeña mentira electrónica capaz de inmovilizar un avión de millones de euros.
Marta desmontó el conector, limpió los contactos, sustituyó un cable deteriorado y recalibró manualmente el módulo utilizando los parámetros técnicos del fabricante.
Sergio permaneció a su lado.
Esta vez no se reía.
—Arranque —pidió Marta.