aquel lugar.
Pero también algo profundamente triste.
La pintura de las ventanas estaba descascarada. Varias macetas permanecían vacías junto a la entrada y las cortinas de la casa parecían no haberse movido en meses.
Era una propiedad grande que, por alguna razón, había olvidado cómo sentirse hogar.
Un hombre de cabello completamente blanco apareció en el porche.
Era alto, de hombros anchos y mirada severa.
«¿Esa es la nueva cocinera?», preguntó sin saludar.
«Buenas tardes, padre», respondió Diego. «Ella es Isabel Morales».
Eusebio Vargas observó a la joven de pies