a cabeza.
«Parece que una ráfaga de viento podría derribarla».
Isabel levantó el mentón.
«Tal vez, señor Vargas. Pero mientras el viento no entre en la cocina, creo que podremos arreglarnos».
Diego bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
El viejo ranchero arqueó una ceja.
Después soltó una breve carcajada.
«Bueno. Al menos tiene carácter».
Se apartó de la puerta.
«Pase, señora Morales. Y espero que sepa preparar frijoles. Hace tres semanas que Julián intenta cocinarlos y todavía parecen piedritas de río».
Aquella noche, Isabel conoció a los hombres que