Una Viuda Hambrienta Intentó Cambiar su Anillo de Bodas por un Pan, Pero el Hijo de un Ranchero le Dijo Algo que Cambiaría su Vida para Siempre: «No Necesitamos tu Oro, te Necesitamos a Ti»

temblorosa.

«Mercedes solía sentarse aquí todas las tardes», murmuró.

Diego asintió.

«Lo recuerdo, padre».

El anciano se sentó.

La mecedora crujió suavemente.

«Siempre decía que los álamos crecían mejor cuando uno les hablaba con cariño».

Isabel sonrió.

«Quizá tenía razón».

Eusebio contempló los árboles que se levantaban al otro lado del patio.

«Quizá».

Desde aquel día, comenzó a pasar las tardes en el porche.

A veces conversaba con Isabel.

A veces permanecía en silencio.

Pero ya no parecía necesitar esconderse constantemente entre los caballos para huir de sus recuerdos.

Transcurrieron