dos meses.
Isabel había recuperado el color de las mejillas y sus manos, aunque endurecidas por el trabajo, habían dejado de temblar.
Con su primer salario compró dos vestidos sencillos y unas botas resistentes.
Con el segundo adquirió una pequeña caja de madera donde comenzó a guardar sus ahorros.
No gastó una sola moneda innecesariamente.
Había aprendido que la seguridad podía desaparecer con demasiada facilidad.
Diego comenzó a encontrar motivos para pasar por la cocina a horas poco habituales.
A veces preguntaba por las provisiones.
Otras quería saber si faltaba