ayudar a los animales más débiles.
Cuando Eusebio recibió la noticia, salió personalmente a comprobarlo.
Se quedó observando el agua durante largo rato.
«Había olvidado esa acequia», confesó. «Mi padre la construyó cuando yo todavía era un muchacho».
Miró a Isabel.
«Parece que esta tierra todavía guarda algunos secretos».
«Quizá solamente necesitaba que alguien volviera a buscarlos», respondió ella.
Aquella noche, Eusebio pidió que se sirviera una ración especial de carne para celebrar el hallazgo.
Sin embargo, la alegría duró poco.
Tres días después, un viento ardiente comenzó a soplar