Por primera vez desde que había llegado, Isabel vio al orgulloso ranchero completamente derrotado.
«¿Qué piensa hacer?», preguntó.
El anciano observó las estrellas.
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«No lo sé».
Aquellas tres palabras la estremecieron más que cualquier grito.
Eusebio Vargas, el hombre que siempre tenía una respuesta, acababa de admitir que no sabía cómo salvar su hogar.
Después de un largo silencio, añadió:
«Tal vez Diego tenga razón. Tal vez debamos vender la mitad de la manada. O quizá Los Álamos entero».
Isabel sintió una