punzada en el pecho.
Miró hacia la casa iluminada.
Hacia la cocina donde había vuelto a reír.
Hacia las ventanas que había abierto cada mañana.
Hacia aquel lugar que, sin darse cuenta, se había convertido en su hogar.
Entonces recordó algo que Tomás solía decirle cuando el negocio atravesaba dificultades.
Una pérdida no siempre significa el final, Isabel. A veces solamente significa que tenemos que cambiar la manera de empezar.
La joven respiró profundamente.
«Don Eusebio, ¿puedo pedirle una cosa?».
El anciano la miró.
«Dígame».
«Antes de vender nada, déjeme