EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

Valeria señaló la cafetera.

—Hay café.

—Gracias.

Me serví una taza con cierta dificultad y me senté frente a ella.

Durante unos segundos observamos nuestras bebidas.

Después respiré profundamente.

—Quiero hablar de lo que me dijiste ayer.

Valeria dejó la taza sobre la mesa.

—Diego, no hace falta.

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—Sí hace falta.

—No quiero que las cosas se vuelvan raras entre nosotros.

—Vale, llevamos doce años discutiendo sobre quién hace mejor café. Las cosas entre nosotros ya son bastante raras.

Por primera vez