refugiamos bajo el techo de una pequeña cafetería frente al hospital.
Valeria pidió chocolate caliente.
Yo pedí café.
Nos sentamos junto a una ventana empañada por la lluvia.
Durante varios minutos hablamos de cosas insignificantes.
De una clienta de la clínica que había llevado a un gato con un suéter diminuto.
De las dificultades de mi hermana para enseñarle a mi madre a utilizar las videollamadas.
De lo mucho que extrañaba poder ponerme una camiseta sin necesitar una estrategia militar.
Entonces Valeria dejó de sonreír.
—Diego, quiero preguntarte algo.
—Adelante.