un susurro.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme contra el pecho.
—Que me importas mucho más de lo que he sabido admitir.
Valeria permaneció inmóvil.
—Diego…
—No estoy diciendo esto porque descubrí lo de Mérida. Ni porque estés aquí cuidándome. No quiero que confundamos gratitud con amor.
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Respiré profundamente.
—Estoy diciendo que, cuando imagino mi vida dentro de diez años, siempre apareces tú. Y que jamás me he detenido a preguntarme por qué.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
Continué:
—Cuando