Valeria soltó una carcajada.
—No.
—¿Entonces?
Levantó un pequeño sobre.
—Tengo una pregunta.
Me apoyé contra el marco de la puerta.
—Adelante.
Valeria respiró profundamente.
—He estado pensando mucho en nosotros.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
Ella continuó:
—Me gusta mi trabajo. Me gusta la vida que estoy construyendo. Me gusta saber que puedo hacer las cosas por mí misma.
Asentí.
—A mí también me gusta todo eso.
Valeria sonrió.
—Pero también me gusta despertar contigo. Preparar café juntos. Discutir por las tazas y los cereales. Y escuchar