al regresar encontraríamos a alguien dispuesto a escucharnos, abrazarnos y alegrarse sinceramente por lo que habíamos conseguido.
Aquella noche, antes de acostarnos, pasé junto a la habitación que durante los primeros días había utilizado Valeria.
Ahora era nuestro pequeño estudio.
La bicicleta fija seguía allí.
También había una estantería llena de libros.
Y, sobre la cómoda, descansaba una fotografía de nosotros dos tomada el día de su graduación en Querétaro.
Valeria sonreía con su certificado entre las manos.
Yo estaba a su lado, mirándola con una felicidad imposible de disimular.