EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

Debajo de la fotografía había una pequeña nota escrita por ella.

La leí una vez más.

Decía:

«Gracias por enseñarme que puedo irme sin perderte».

Sonreí.

Tomé el bolígrafo que había sobre el escritorio y escribí debajo:

«Gracias por enseñarme que puedo necesitarte sin detenerte».

Apagué la luz.

Y caminé hacia nuestra habitación.

Valeria ya estaba acostada.

Cuando me vio entrar, levantó un lado de la cobija.

—Ven, Diego. Mañana tenemos que levantarnos temprano.

Me acosté junto a ella.

—¿Por qué?

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