Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

de otra manera.

Decía:

«Elegí a mi familia».

«La televisión era demasiado exigente».

«Quería criar personalmente a Mia».

Todo eso era parcialmente cierto.

Pero no toda la verdad.

La verdad era que Daniel se había molestado cuando yo regresaba tarde.

Que Clara también trabajaba en medios y siempre estaba disponible para él.

Que cuando quedé embarazada, Daniel dijo:

—No quiero que nuestra hija crezca viendo a su madre en una pantalla más que en casa.

Yo tenía treinta años.

Estaba cansada.

Enamorada.

Asustada.

Renuncié.

Pensé que aquello era amor adulto.