Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

—Podemos discutir horarios.

—Ya los discutí.

—¿Con quién?

—Con mi empleador.

Su rostro se endureció.

—¿Y yo?

—¿Qué pasa contigo?

—Soy tu marido.

—No mi jefe.

—Nuestra familia se verá afectada.

—Entonces tendrás que participar más.

Silencio.

—Yo ya trabajo.

—Yo también trabajaré.

—Mi horario es imprevisible.

—El mío también.

—No puedo recoger a Mia todos los días.

—Tampoco yo.

—Entonces ¿quién?

—Tiene padre, madre, niñera y abuelos.

Daniel se quedó mirándome como si hubiera descubierto una ecuación imposible.

—Antes funcionaba.

—Para ti.

Aquello lo calló.

Empecé dos semanas después.