—Clara no es tu mamá.
El silencio fue inmediato.
Mia lo miró.
Daniel continuó:
—Y aunque lo fuera, tampoco debería darte caramelos a esta hora.
La niña rompió a llorar más fuerte.
Daniel la tomó en brazos.
—Puedes llorar.
Me miró.
Por primera vez éramos dos adultos sosteniendo el mismo límite.
No uno poniendo reglas y otro siendo el refugio.
Aquel detalle me dolió más que si me hubiera comprado cien collares.
Porque aquello era lo que yo había pedido durante años.
Solo que ahora ya no sabía si era