Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

de mí.

Un viernes, Mia quiso caramelos antes de dormir.

—No.

Frunció la boca.

—Tía Clara me deja.

—En esta casa no.

—Eres mala.

Sentí la vieja punzada.

Pero aguanté.

—Puedes enfadarte.

—¡No te quiero!

Daniel estaba en la puerta.

Antes habría intentado calmarla diciendo:

—No hables así a mamá.

Y después, cinco minutos más tarde, darle algo para que dejara de llorar.

Esta vez se agachó.

—Mia.

La niña lloraba.

—Decir que no quieres a mamá porque no te da un caramelo no está bien.

—¡Pero tía Clara sí!