Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

No respondí.

No necesitaba una relación con ella.

Tampoco necesitaba odiarla.

Mia volvió a verla una vez, en un evento de antiguos compañeros.

Regresó diciendo:

—Tía Clara se veía triste.

—Puede pasar.

—Me dijo que estaba grande.

—Lo estás.

—Y me dio caramelos.

La miré.

Mia sonrió.

—No me los comí.

—¿Por qué?

—Era de noche.

Sentí que algo se cerraba.

No con Clara.

Con aquella versión de nuestra familia.

Un año después de mi viaje a las montañas, regresé.

Sola.

Daniel no preguntó por qué.

Solo dijo:

—Escríbeme cuando