solo su padre.
—Sí.
—Y nunca volveré a aceptar que Clara, o cualquier otra persona, tenga un lugar ambiguo en nuestro matrimonio.
Daniel asintió.
—Sí.
—Si vuelvo a sentir que desaparezco…
—No esperarás seis años.
Lo miré.
—No.
—Me lo dirás.
—Sí.
—Y si no cambia…
—Me iré.
Daniel tragó saliva.
—Entiendo.
Me extendió la mano.
No la tomé inmediatamente.
—¿Eso es todo?
Preguntó.
—No.
—¿Qué más?
Sonreí.
—Tu camisa azul está en el armario de invitados. Lleva ahí un año.
Daniel se quedó inmóvil.
Después empezó a reír.
Yo