acomodé el cuello del abrigo, como tantas veces durante nuestros nueve años de matrimonio.
—Que tengas buen viaje, Adrián.
Me dio un beso en la mejilla, tomó su maleta y se perdió entre los viajeros. Me quedé quieta hasta que ya no pude verlo. Después, me sequé las lágrimas.
Eran reales, pero no lloraba porque se marchara. Lloraba por el hombre que yo había creído conocer.
Solo tres días antes, nuestro matrimonio parecía seguir su curso normal. Adrián había preparado una cena especial para celebrar lo que llamó una gran