gustaba y guardé dentro de una caja las cartas que él mismo me había escrito cuando era pequeño.
Quería devolvérselas.
Creí que le haría ilusión.
Cuando llegué, quien abrió la puerta fue su prometida.
Me observó de pies a cabeza.
—¿Busca trabajo?
Sonreí con nervios.
—No, hija. Vengo a ver a Iván.
Ella dudó unos segundos antes de llamarlo.
Iván apareció.
Reconocí inmediatamente sus ojos.
Él también me reconoció.
Pero no sonrió.
Miró alrededor para comprobar que nadie escuchaba.
Después habló en voz baja.
—Clara… no debiste venir.
Sentí un
EL HOMBRE AL QUE CRIÉ COMO A MI PROPIO HIJO