lo invitó.
—Puedes venir si quieres.
Él respondió que lo pensaría.
Días después le dijo que no.
—No quiero volver a ese lugar.
—Lo entiendo.
—Y tampoco quiero que todos me miren como si fuera una víctima.
—Está bien.
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Mi hija no discutió.
No volvió a insistir.
En lugar de eso, entró al garaje.
Sacó una fotografía de cuando tenían quince años.
Compró cartón.
Una toga.
Un birrete.
Y comenzó a construir una figura de tamaño real.
No porque creyera que el cartón podía reemplazar